martes, 22 de septiembre de 2009

Ciento por uno

Iba yo por el camino de la aldea, cuando tu carroza apareció a lo lejos, magnífica y resplandeciente. Y al pasar junto a mí se detuvo.

Entonces tú me miraste a los ojos y bajaste sonriendo.Sentí que me invadía la felicidad de la vida y pensé que las penurias de mis días malos habían terminado. Luego, me tendiste tu diestra y me dijiste:


- "¿Puedes darme alguna cosa?" ¡Ah, qué ocurrencia la de tu realeza, pedirle a un mendigo! Yo estaba confuso y no sabía qué hacer, entonces saqué lentamente de mi saco un granito de trigo y te lo di.


Pero, qué tristeza la mía, cuando al caer la tarde y vaciar mi saco en la arena, encontré un granito de oro en la miseria del montón. Qué amargamente lloré el no haber tenido corazón, para darte todo.

Tomado del libro:
Vitaminas diarias para el espíritu.
Autor: Humberto A. Agudelo C.
Editorial Paulinas.
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