
A partir del Bautismo, el Espíritu divino habita en el cristiano como en su templo. Gracias a la fuerza del Espíritu que habita en nosotros, el Padre y el Hijo vienen también a habitar en cada uno de nosotros.
El don del Espíritu Santo es el que nos eleva y asimila a Dios en nuestro ser y en nuestro obrar; nos permite conocerlo y amarlo; hace que nos abramos a las divinas personas y que se queden en nosotros.

Dios se ha finado en nosotros desde siempre y nos ha llamado a la existencia por un libre acto de su voluntad y de su amor.

Nuestro cuerpo nos ha sido dado por nuestros padres, elegido por Dios como cooperadores de su suprema paternidad, mientras que nuestra alma ha sido creada directamente por él.
Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios y por lo mismo, nuestra vida encierra una grandeza y un dinamismo únicos.
Dios es el Señor de la vida, y por eso, debemos respetarla siempre, tanto en nosotros como en los demás.
Al darnos la vida Dios nos dio también un mundo, el mundo creado, para que nosotros lo dominemos, lo perfeccionemos y lo disfrutemos digna y honradamente, compartiendo sus bienes con los demás hombres, también criaturas de Dios y hermanos nuestros.
La vida, en fin, es bella si es buena, activa, honrada y sin manchas de maldad que la entristecen, la envenena y, al final, la destruyen.

La vida es un mensaje que se lleva.
La vida, en fin, es bella si es buena, activa, honrada y sin manchas de maldad que la entristecen, la envenena y, al final, la destruyen.

La vida es un mensaje que se lleva.
Un don que se cultiva.
Un compromiso que se cumple.
Una imagen que se transmite.
¡Una respuesta a Dios!
Dar y darse... Ser y sentir...
Amar y crecer... Sembrar y producir...
¡Eso es la vida! Dar y darse...
Ser y sentir... Amar y crecer...
Sembrar y producir...
Sembrar y producir...