
La respuesta difícilmente vendrá desde la mera intelectualidad, es fundamental que el corazón ocupe su lugar. El discípulo lo es porque opta con su corazón "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón..."

Otra clave fundamental a la hora de buscar vivir el discipulado: colocar en el centro de nuestra existencia aquellos a quienes Jesús colocó en el centro de la suya. Pobres, marginados, excluidos.

Ser discípulos significa ser gente de esperanza, constructor de comunidades de esperanza en un mundo donde las opciones suelen reducirse a un optimismo limitado o a un pesimismo sin límites. Para ello debemos entrar en el sepulcro desde el que Jesús nos habla sobre la esperanza.
La desesperación en las relaciones personales se hace cada vez más visible. Todos luchamos contra la soledad. Nos sentimos desvinculados. Parece como si careciéramos de hogar, y lo buscamos en el matrimonio, en la amistad, en la comunidad. Angustiados, buscamos un sentido de pertenencia, de arraigo, de solidaridad. Esta ansia de aceptación se expresa muy a menudo de manera violenta. «Ámame, por favor», decimos, «no puedo vivir sin ti. Tienes que calmar mi necesidad. Tienes que llenar ese doloroso vacío con el que ya no puedo vivir».
«Somos seres rotos e inseguros. Pero somos abrazados por aquel que nos dice: "No temáis, yo os he amado primero. Y en mí encontraréis seguridad"».
Jesús dice «no» a la muerte. Podemos verlo cuando camina con sus discípulos a Emaús: dice «sí» a la vida. Habla sobre la vida en un momento en que la atención de sus discípulos está fija en la muerte. Estamos llamados a decir «no» a la muerte en todo momento, llamados a ser discípulos testigos de esperanza dentro de las comunidades parroquiales.